domingo, 12 de mayo de 2019

Levantia, capítulo 3.

3




De pronto parecía como si hubiese vuelto a hacía años atrás, allá en el norte gris. Incluso peor, entonces tenía esperanza en el futuro, ahora había descubierto que el futuro podía ser una mierda igualmente. Me pasé semanas saliendo de casa por la mañana para ir a la universidad como si fuera un robot, por inercia. Pero lo cierto es que si no hubiese acudido a las clases me hubiera dado igual. No escuchaba a los profesores, estaba siempre dentro de mí mismo. Salía de allí y me iba andando sin rumbo fijo. Caminaba y caminaba hasta que me daba cuenta de que iba a anochecer y buscaba la estación de metro más cercana o un autobús para que me acercara a casa. No me topé con Nuria en varias semanas (hacía lo posible por que no ocurriera), hasta que un día la vi de lejos e inmediatamente cambié de dirección. En casa permanecía igual que en clase y Mario a los pocos días se dio cuenta de lo jodido que estaba y empezó a intentar animarme a su manera. “Tío, no pienses. Vente al gimnasio conmigo, ya verás como eso te pone las pilas y te mejora el ánimo” me decía.

Pasaron los días y no sé cuantas veces me lo sugirió, pero al final un par de semanas después me inscribí en el gimnasio. El primer día él estaba entusiasmado, o quizá intentaba levantarme la moral como en los innumerables videos de motivación que tanto consumía en internet. El gimnasio no fue una excepción a la tónica general, hacía las cosas más por inercia que por voluntad propia. Mario me decía que me concentrase y a mí me entraba por un oído y me salía por otro.

Siguió pasando el tiempo. Continuaba sin conseguir un trabajo y en realidad casi lo prefería, pero tuve que dejar el gimnasio, necesitaba recortar los gastos al máximo.

-No pasa nada Fab -así había decidido llamarme Mario. Si no me hubiera dado igual todo en aquellos momentos, le hubiera sugerido que no lo hiciese-, en casa y en la calle te puedes poner como un toro igual. ¿Sabes qué? A tomar por el culo el gimnasio, yo también lo dejaré, ¡haremos de la calle y de casa nuestro gimnasio joder!

Yo le miré sin mudar mi expresión de indiferencia.

-Mario estás como una puta cabra.

Me miró y se empezó a partir de risa.

-Has tardado mucho en decirlo -contestó, dándome una palmada en el hombro.

Pero cumplió lo que dijo. Al día siguiente se dio de baja del gimnasio y se fue a comprar material (mancuernas, tiras elásticas y toda clase de artilugios similares). Quiso hacer sitio en el comedor para poder hacer ahí los ejercicios, no me opuse y le ayudé a quitarlo todo menos el sofá en el que nos sentábamos a ver la tele o a jugar a la videoconsola. A partir de entonces comenzamos a comer en la cocina, en la pequeña mesa plegable.

Poco después se le ocurrió la idea de grabar vídeos de los entrenamientos y subirlos a su propio canal. Yo le grababa, tampoco es que tuviera nada mejor que hacer.

Como era de esperar, ese año no acabó muy bien en lo académico, lo cual me hundió un poco más, y comencé a convencerme de que quizá había llegado el momento de tirar la toalla con la carrera. A veces había visto a Nuria en la universidad, o por la calle. Muy pocas veces, pero suficientes para mantenerme hundido. Por supuesto, ninguna de estas veces volvimos a cruzar palabra, aunque sí alguna mirada fugaz.

Casi ni siquiera me molesté en estudiar ese verano. A veces me ponía por hacer algo, pero sabía que no tenía sentido, había llegado a un punto en el que no tiraba ni para adelante ni para atrás. Por si fuera poco, yo había ido sabiendo de Nuria por redes sociales y algún comentario de conocidos en común. Fue muy duro enterarme a los dos meses de que me dejara de que estaba empezando algo con alguien. Cuando se lo dije a Mario, una tarde en casa, se levantó y fue hacia la puerta, decidido.

-¿Dónde vas? -le pregunté.

-A buscar al mamón ese.

-¿Pero qué dices? Siéntate joder…

-¡Le meto dos bien dadas! -hizo un gesto con la mano, dando más énfasis a lo dicho.

-¡Que no…! -me llevé una mano a la cabeza-. Ven para acá y déjate de dar nada a nadie.

A veces Mario parecía un tío normal, pero otras se le iba mucho la cabeza. Por suerte era todo de boquilla siempre.




Sabía que tenía que olvidarla, pero había una sensación muy dentro de mi de… Haber dejado algo pendiente. Nunca hubo una verdadera explicación, una charla larga y sosegada sobre las razones por las que todo acabó, ella no lo quiso en su momento y yo no insistí, aunque sintiera que lo necesitaba casi como el agua.

De aquello aprendí algo, al menos: que las cosas hay que hacerlas bien, y ella no las hizo bien, o eso es lo que yo me decía para intentar hacerme sentir mejor a mí mismo. Mario por supuesto siempre lo enfatizaba con alguna frase hiriente hacia ella, de la que luego se disculpaba al ver mi expresión, pero me recordaba constantemente que ni por asomo yo había tenido ninguna culpa, y que debía mirar hacia delante y no volver atrás.

No me matriculé ese año en la universidad, pero decidí ir un día a darme una vuelta por allí, como una especie de homenaje de despedida para mí mismo y mis recuerdos.

Estuve en muchos sitios, y en todos ellos tenía recuerdos ahora amargos, aunque de algún modo, sentía algo positivo también, muy en el fondo. Supongo que de lo que fue real siempre queda una chispa en los recuerdos que hace que no sean dolorosos en su totalidad. Aunque el dolor que sentía ahora no se asemejaba ya al de hacía meses. Quizá el distanciamiento y el tiempo estaban empezando a actuar. Aun así, seguía tan melancólico… No entendía lo que me pasaba aún, pero comenzaba hacerlo, muy poco a poco.

Finalmente fui a la cafetería. Sí, la cafetería donde cruzamos las primeras palabras.

Esta vez no estaba tan concurrida. La distribución de las mesas había cambiado un poco, pero me senté lo más cerca posible del lugar en el que la conocí. No sé por qué los humanos hacemos estas cosas, no creo que llegue a saberlo nunca.

Allí estaba yo, con mi batido pero sin apuntes. Había tres chicas en la mesa de al lado, hablando de sus cosas. Un par de chavales de primero en la de enfrente… Y uno solo en la del fondo del lado contrario del local. Di un trago al batido y me fijé por el rabillo del ojo que una chica se acercó al que estaba sentado solo. Sin venir a qué sonreí. Era gracioso, parecía que el destino estaba pasándoselo bien a mi costa haciéndome ver una escena familiar desde fuera, pero resultó que la chica era una relaciones públicas de algún local de copas de la zona, porque le dio una tarjetita al chaval y luego hizo lo mismo con el par de la otra mesa. Finalmente vino y les ofreció a las tres chicas de al lado. Se le cayó una mientras cogía las tres que les iba a dar a ellas y yo me incliné y se la recogí.

-Ay, gracias. ¡Mira, esa para ti! -dijo, sonriendo, mientras las cuatro me miraban.

-No creo que vaya -contesté mientras seguía con el brazo extendido, ofreciéndole de vuelta la tarjeta.

-¿Por qué?, hay que aprovechar ahora, antes de que no podamos sacar la nariz de entre los libros y los apuntes -rió.

Me quedé un momento callado antes de decidir que me daba igual decirlo.

-Siento que vayas a tener que pasar por eso otra vez pero yo este año no -fingí una sonrisa. Me di cuenta de que las tres chicas de la mesa de al lado seguían mirándome, aunque a ellas ya les había dado sus flyers. Había visto a dos de ellas en alguna ocasión.

-Bueno, tú piénsatelo, si te veo allí te invito a un par de chupitos

Con una última sonrisa salió de la cafetería.

-Anda, tendríamos que habernos hecho las difíciles para ver si nos hubiera ofrecido una ronda a nosotras -dijo una de las chicas de al lado, la que no creía haber visto con anterioridad.

De las otras dos, la del pelo castaño claro y ojos azules sonrió y miró a la otra, morena, con el pelo liso marrón chocolate que le caía sobre los hombros, quien a su vez miraba con el ceño ligeramente fruncido a la que me había hablado, de pelo más oscuro y corto.

Las miré sonriendo, un poco desconcertado, pero sin cortarme (es increíble la de miedos tontos que se pierden cuando uno considera que no tiene nada que perder o directamente te la suda todo). Respondí.

-Entráis conmigo y le digo que sois mis hermanas pequeñas, seguro que no quiere quedar mal y nos invita a los cuatro.

Ellas rieron.

-Hecho -dijo la que había empezado a hablar, con todo el morro del mundo.

Sonreí y le alargué con la mano mi tarjeta a la del pelo castaño y ojos azules, que estaba más cerca.

-Esto lleva una consumición al menos, podéis invitar a otra amiga. Toma.

-Pero nos quedamos sin ronda de chupitos -dijo la castaña divertida, aunque tras un momento viendo que yo no apartaba la mano cogió la invitación.

Me acabé el batido, sabiendo que ya no podía seguir estando allí totalmente solo con mis pensamientos y me levanté de la mesa.

-Pasadlo bien si vais -les dije sonriendo, a modo de despedida.

-¿Cómo te llamas? -preguntó la que había hablado primero mientras yo ya les había dado la espalda para enfilar la salida.

-Fabio…

-Le diremos a la chica que nuestro hermano mayor no ha podido venir, igual cuela. ¡Gracias, Fabio!

Rieron un poco.

-De nada…

-María -dijo señalándose a sí misma.

-La burra delante…-soltó la morena inesperadamente. Tenía una voz suave algo nasal y bastante bonita.

-Bueno, vale hija -espetó la más dicharachera haciendo un aspaviento-. Esta es Gisela -señaló a la del pelo castaño-, y esa pequeña repipi es Cami. Y yo María.

La morena la miró entornando los ojos.

-Encantado María, Gisela y Cami. Que os vaya bien.

Esta vez sí, salí de allí.

Hablando con ellas casi me había evadido un poco de toda la masa melancólica que me invadía esa mañana mientras recorría el campus y recordaba momentos. Pero de todas maneras, suponía que tampoco íbamos a volver a coincidir.




Pasaron unos días hasta que me dio por echar un vistazo a mis redes sociales; tenía pero no solía echarles demasiada cuenta desde que terminó mi relación con Nuria y de hecho tenía en las notificaciones varias solicitudes de amistad, una de un tipo al que no conocía y otras dos de las chicas de la cafetería, las acepté casi sin mirar porque había otro icono que me llamaba más la atención. Un mensaje privado. De Nuria.

El corazón me latió un poco más deprisa y respiré para calmarme. Luego leí el  mensaje. Decía así:

«Hola. ¿Qué tal te va todo? Hace muchísimo que no te veo, me preguntaba qué sería de ti. Sé que no miras muy a menudo esto, pero si por un casual ves el mensaje me encantaría que nos viéramos, quizá tomar un café si te apetece. O un batido jaja. Bueno, espero que te esté yendo todo bien. Dime algo cuando leas esto, porfa. Besos.»

Por un momento me quedé allí parado, tirado en el sofá, sin saber hacia dónde mirar. Después de tantos meses… No sabía qué hacer. Dejé el móvil a un lado y me recosté en el respaldo, mirando hacia la lámpara del techo, que estaba apagada porque aún eran las tres y algo de la tarde.

Sonó la cerradura de la puerta de casa abriéndose. Mario entró y me vio allí. En un primer momento saludó y no reparó más en mí, pero luego vino.

-¿Qué muela te duele, bro? -preguntó, sentándose a mi lado.

-Nuria.

Hizo un aspaviento.

-Fab, creía que ya pasabas de esa tía…

-Me ha mandado un mensaje, bueno… Hace una semana, lo he visto ahora. Quiere que nos veamos.

-¡Pues que se haga un solo de guitarra! Pasa de ella.

Por más que Mario no sirviese para aconsejar en estos temas, puede que esta vez no fuese tan descabellado su consejo. Me debatía entre ni contestarle al mensaje, contestarle ambiguamente con educación, o aceptar vernos.

No me apetecía nada que me hurgasen en las heridas que ya estaban bastante sanadas, pero por otro lado…

Me lo pensé durante toda aquella tarde mientras paseaba por el barrio y alrededores. Al llegar a casa por la noche le escribí de vuelta que estaría bien vernos.





Quedamos en una cafetería no muy lejos de la universidad. Ella llegó solo un par de minutos después que yo. Al verla sentí un pequeño vuelco en el estómago.

-Hola… -dijo ella.

-Hola -sonreí cordialmente.

Ella me dio un abrazo después de un momento de duda. Se lo devolví, porque no quería actuar como un gilipollas y hacerla sentir incómoda. Además, no veía nada malo en ello, al fin y al cabo esa persona había estado más cerca de mí que nadie en mi vida.

Nos sentamos en las mesas de fuera, no hacía mala tarde para ser octubre.

-¿Cómo estás?

No sabía cómo responder a esa pregunta sin parecer un puto amargado, así que respondí sinceramente.

-Bastante en la mierda -dije, apuntalando la declaración afirmando con la cabeza.

-¿Por qué? -adoptó una expresión de preocupación. Parecía sincera.

-No he podido matricularme este año y si no encuentro un trabajo pronto me quedaré en la calle.

Ella me miraba a los ojos.

-Vaya, lo siento… ¿Puedo hacer algo? A lo mejor conozco a alguien que pueda echarte una mano para encontrar algo…

Empecé a negar con la cabeza mientras me salía una sonrisa socarrona. Algo se había encendido en mí al oír ese “lo siento” en su voz. A bote pronto me nacía decirle que podría haber empezado por ser honesta conmigo muchos meses atrás, cuando me dejó destrozado sin mediar la más mínima explicación. O que no fingiese que le importaba cuando ni siquiera dejó enfriarse el cadáver de lo que tuvimos juntos antes de empezar una relación con otra persona. Ese instante negando con la cabeza fue más una medida de contención que otra cosa.

-No te preocupes, ya me las apañaré.

-No tienes por qué dejar la ciudad, a Marta no le importaría que te quedaras en nuestro piso unos días hasta que encontrases algo…

-Antes me vuelvo con mis padres arrastrándome, no quiero molestar a nadie ni deberle nada a nadie. Y entre volver con ellos allí o la calle aquí, casi prefiero la calle aquí…

-No nos deberías nada, de verdad…

-Nuria… ¿Qué quieres? -estaba en la mierda, y ni siquiera se lo estaba ocultando, no quería compasión por su parte. No la quise hacía meses, en ese momento menos aún.

Ella se quedó un poco sorprendida por la pregunta. Tardó un momento en hablar.

-Sólo… Sólo quería verte, estar contigo…

-¿Ahora? Hace meses que podrías haber preguntado, o simplemente saludado.

-No sabía… Tú me evitabas. No sabía si debía molestarte.
-Los primeros meses sí, pero han pasado ocho -de repente me sorprendí de lo sereno que estaba y lo relajado que estaba hablando.

-Vale, lo siento. Tenía miedo.

-¿Por qué?

-¡No lo sé!

Me quedé mirándola, siguiendo igual de tranquilo.

-Perdón -se disculpó ella por haber alzado un poco la voz-. Sé que hice las cosas fatal ¿vale?, lo sé -yo seguía mirándola-. Sé que te hice daño, y lo he sentido mucho, yo también he sufrido…

-Un par de meses o menos -apunté, pero aunque pareciera con malicia, no lo hice por herirla.

Ella me miró. Ya tenía los ojos empañados.

-Perdón -me disculpé-. Pero fue así. Lo respeto, pero no me cuadra, no me entra en la cabeza que alguien olvide a otra persona supuestamente tan importante para ella tan rápido. Pero lo peor no fue eso, comprendo que pueda suceder. Lo peor fue que ni siquiera tuviste la más mínima deferencia hacia lo que se suponía que tuvimos o lo que se suponía que yo fui para ti. Ni siquiera fuiste honesta. Creo que hubiera sido lo mínimo. Pero eso es pasado y tampoco estoy diciendo que lo hicieses a propósito. Aun así, eso es lo que sucedió.

Ya había sacado un pañuelo para secarse las lágrimas. En cierto modo me dolía estar haciéndola llorar, pero por otro lado era como ver llorar a una desconocida.

-Lo siento, por todo -dijo, con un hilo de voz.

-Sé que lo sientes. Y yo también lamento la parte que me toca, sé cómo me comporté y me he comportado.

-Te echo de menos, ojala pudiera ser como antes…

La verdad es que me cogió por sorpresa, pero no como yo hubiera esperado.

-Nuria… -me miró-. Si me lo hubieses dicho hace meses no hubiera podido, mis emociones me lo hubieran impedido. Pero ahora… -Por un momento creí ver cómo se le iluminaba la mirada, hasta que seguí con la frase-. Ahora no quiero. Y no lo hago por rencor ni nada de eso. Ayer mismo pensaba en ti y fantaseaba con que quisieras, con que esto mismo ocurriera… Pero ahora, en este preciso instante me acabo de dar cuenta de que no quiero. No siento lo necesario, siento cariño por ti, mucho, y nuestra relación fue lo mejor que me ha pasado en la vida. Pero eso pasó. No lo va a borrar nadie y estaré agradecido por lo vivido y aprendido siempre, pero se quedará ahí.

Ella agachó la mirada y vi caer una lágrima. Lloró. Dejé que llorara, no me parecía nada noble por mi parte hacer nada más que no fuera callar, darle su tiempo y mantenerme al margen.

Tras unos largos momentos se secó la cara con cuidado.

-Creía que podía haber una oportunidad de enmendar los errores y volverlo a intentar…

-Te soy sincero. Ahora es lo que siento, no puedo cambiarlo.

-Al menos tú has podido ser sincero.

-Es lo mínimo que te debo.

-No me lo debes. Después de cómo lo hice yo…

-No sigas con eso. Ya es pasado, y si necesitas oírlo ya está perdonado. No lo hiciste a propósito.

Ella no me dejó pagar. Al salir de la cafetería nos miramos, frente a frente.

-En serio, si necesitas algo… -comenzó ella.

-Lo sé. Gracias.

Nos dimos un largo abrazo y luego cada uno echamos a andar en una dirección distinta.

martes, 7 de mayo de 2019

El Rey León

El Rey León es una verdadera maravilla de la historia del cine de animación. Eso es un hecho. ¿A cuantos no nos ha tenido enganchados en algún momento? ¿Quién no ha soltado como mínimo alguna lagrimilla en cualquier momento de su metraje, ya sea en las escenas más trágicas o en las más gloriosas?¿Quién no se emociona con la conversación entre padre en las  nubes e hijo en la tierra, pensando en aquella o aquellas personas que nos lo dieron todo en momentos de nuestra vida, nos protegieron, nos guiaron y aún desde algún lugar o momento nos observan, siguiendo nuestros pasos con atención, sabiendo que puede que tropecemos, pero que nos levantaremos porque eso es lo que nos enseñaron?

La potencia emocional que carga esta película queda fuera de toda duda, pero no es exactamente lo que quería señalar.
¿Quién me iba a decir cuando era un niño, con cinco o seis años, y la veía una y otra vez cada día, que tardaría veintipico años en comprender el conflicto interior de Simba, el joven príncipe proscrito?

En la escena en la que suena la canción “es la noche del amor” vemos que él es reacio a hablar de lo que siente realmente sobre sí mismo con Nala (la mejor princesa Disney sin discusión). Y a su vez ella no comprende por qué él no quiere ser quien debe ser, el rey que ve en él (literalmente dice eso).

Todos tenemos un ideal, alguien que aspiramos a ser (que no algo), pero la vida va viniendo, trae experiencias con ella, algunas nos asustan, algunas nos hieren, algunas nos hacen perder la fe en el mundo que nos rodea, otras en nosotros mismos… Hasta que llega un punto en el que renunciamos a ese ideal, nos convencemos a nosotros mismos de que quizá después de todo nuestro lugar está aislados del mundo, viviendo como un proscrito y no reinando por más que creyéramos que ese era nuestro destino. Y no queremos saber nada más del tema, ni hablar de ello, o más bien no podemos hacerlo, no sabemos ni por dónde empezar a justificar lo injustificable. Porque la única razón por la que dejamos de luchar por lo nuestro y huimos a escondernos no es otra que el miedo. Y quien se da la vuelta ante el miedo y vuelve por donde ha venido tiene un único nombre, todos sabemos cuál es. Y a nadie le gusta ser conocido por ese nombre. Nadie comprende hasta qué punto el miedo nos atenaza, cada uno somos un mundo y está bien, es natural y comprensible, pero aún así… Y siempre está ese “aún así”. Es esa rabia que tenemos guardada, por todo aquello que nos ha ocurrido y nos ha debilitado, por todos aquellos que a base de repetirnos que no podíamos lograron convertirnos a su fe. La buena noticia es que ese “aún así” es la pequeña brasa que queda de aquella gran hoguera. Aunque por sí sola no puede hacer nada. Sabemos que bastaría con algo, una breve brisa, una palabra a tiempo, una sonrisa… Algo tan pequeño quizás, y tan sencillo…

Sea como sea, seguimos bloqueados, encerrados en la cárcel que nosotros mismos creamos para protegernos. Y cumple su función; es segura, las flechas no atraviesan sus paredes, los golpes no la rompen, no nos llega daño alguno… El problema es que ahí encerrados nunca seremos ese ideal al que una vez aspiramos. Y lo aceptamos. Porque no queremos que nos vuelvan a desgarrar el alma y se lleven otro pedazo más de lo poco que queda. Volver a presenciar cómo el tío Scar lanza al precipicio a nuestro querido padre y la estampida hace el resto…

Siempre habrá alguien que vea lo que debemos ser, lo que queremos ser y no comprenda por qué creemos que no somos capaces de luchar por serlo. Siempre habrá una Nala. Y benditas sean esas personas/leones. Quizá entonces haya esperanza, quién sabe.

Cómo reflexión… No se trata de quien te quiere por lo que tienes. No se trata de quien te quiere por lo que haces. Ni siquiera de quien te quiere por lo que eres. Se trata de quien te quiere por lo que quieres y debes ser, por mucho miedo que tengas a luchar por serlo. De quien quiere empujarte con todas sus fuerzas para dejar ese miedo atrás y que finalmente seas el rey que debes ser.

Todo esto ha quedado muy bonito, pero ya sabemos que Disney nos hace creer en verdaderas locuras con su magia, tienen esa habilidad de tocar la fibra hasta ese punto. Pero de vuelta a la realidad, quizá para algunos ya no sea posible soñar de nuevo como cuando éramos niños y veíamos El Rey León una y otra vez sin descanso. Quizá esas cicatrices que se han acumulado supongan demasiado tejido como para que la magia las vuelva a atravesar.


O quizá no.


domingo, 5 de mayo de 2019

Levantia, capítulo 2.

2


El piso no era gran cosa, pero seguía siendo mucho mejor opción que compartir uno más grande con otra gente a la que no conocía de nada, como les tocaba hacer a mucha gente. También era mejor que una habitación en una residencia de estudiantes.

Era el quinto piso de un bloque de cinco alturas, así que podía decirse que estaba en el ático… De no ser porque no era un ático, era exactamente igual a los cuatro pisos de debajo, pequeño y funcional. La puerta daba a un pequeño recibidor. A mano derecha un corto pasillo conducía a los dos dormitorios y al cuarto de baño. Desde el fondo del pasillo se salía a un patio interior, una pequeña galería, para tender la ropa y acumular trastos. A la izquierda del recibidor estaba la cocina, y justo enfrente de la entrada de la casa el salón comedor.

Me costó acostumbrarme a ese lugar, pero conforme pasaron las semanas lo iba sintiendo más un hogar (si es que en aquel entonces sabía lo que significaba eso). Ese par de meses antes de comenzar mis estudios en la universidad por fin (a mis veintitrés recién cumplidos), lo dediqué a conocer mejor el barrio y la pequeñísima parte de la inmensa ciudad por la que me iba a mover los próximos años. Aquello era enorme, realmente gigantesco. No lo recordaba así, aunque puede que fuera porque de pequeño vivía en otro sitio, más hacia el interior, al suroeste, en una zona residencial de las afueras prácticamente un pueblecito satélite y ahora estaba en la zona este, más cerca de la playa (aunque quedaba algo lejos aún así, como a un cuarto de hora en coche según el tráfico, más o menos). La ciudad estaba dividida en dos por el río Luna y su desembocadura, siendo la parte sur, en cuyo epicentro se extendía el distrito financiero, con los rascacielos más imponentes, y un poco más al este el casco antiguo, formando un contraste muy curioso, la mitad más extensa. Sólo había ido por allí un par de veces, quedaba lejos, algo al noroeste de donde yo me había puesto a vivir, así que se hacía casi indispensable coger el metro (también para no perderme entre tantas calles, claro), pero pasé una buena tarde maravillándome con los edificios históricos del centro, transportándome a otras épocas y creyendo que estaba en el renacimiento por momentos. El distrito financiero era impresionante, pero no me atrajo de la misma manera.

Poco más pude ver a parte de la zona de mi nuevo barrio y la del campus de la universidad, que estaba a veinticinco minutos en metro, hacia el suroeste de casa.



Todo fue a pedir de boca el primer año. Exprimí el cerebro estudiando como nunca,  pero al finalizar los exámenes en verano me sentía genial conmigo mismo, aunque los resultados académicos tampoco fueran nada del otro mundo, por decirlo de alguna manera. Después de varios meses dedicándome exclusivamente a acudir a todas las clases, estudiar y conocer algo mejor la zona de la ciudad por la que me tenía que desenvolver, empecé a trabajar a tiempo parcial en cualquier cosa que surgiera. El colchón económico se había reducido considerablemente y ya tocaba prevenir antes que pudiera ocurrir nada que no se pudiese curar. Así que básicamente iba un poco de culo y cansado, aunque seguía sin importarme, aún sentía la llama de la libertad recientemente conseguida por fin dentro de mí. A parte de esto, me fui habituando a la nueva rutina con normalidad.

El punto de inflexión, o más bien su inicio, vino durante el segundo año.

Conocí a Nuria en enero, casi al inicio del mes, en pleno periodo de exámenes. Fue una mañana, en la cafetería a la que solía ir a veces a tomarme un batido de chocolate (yo rarito hasta para la costumbre universitaria de hacerse adictos al café). El caso es que esa mañana el local estaba a reventar. Yo leía unos apuntes con el ceño medio fruncido. No quería volver a estar recluido estudiando al verano siguiente en su totalidad, además al haber encontrado un trabajo a media jornada en una planta de reciclaje (porque la cifra del dinero de la herencia que había en mi cuenta ya comenzaba a meter más prisa, haciendo que no bastara con un simples contratos de extras), debía sacar tiempo en cualquier situación para estudiar.

-Perdona -su voz cantarina hizo que perdiera la expresión de concentración y levanté la cabeza, sorprendido.-, ¿puedo sentarme?

Yo me quedé un segundo en silencio, lo que mi cerebro tardó en cambiar de modo estudiante empanado aislado del mundo a modo social.

-Sí, claro.

Le hice una seña con la mano hacia la otra silla de la pequeña mesa cuadrada, justo enfrente de mí. Ella sonrió.

-Gracias.

Dejó el café que llevaba en la mesa y se sentó. Yo le devolví una sonrisa fugaz de cortesía y volví a mis apuntes. Aunque mi cerebro parecía no estar de acuerdo en ello. Algo hacía que no pudiera volverse a concentrar en el estudio, como si hubiese olvidado alguna cosa. Volví a levantar la vista y la miré disimuladamente mientras ella escribía algo en su móvil. Ciertamente, con la primera mirada al llegar ella mi mente captó algo, pero no sabía el qué, y por eso no podía volver a los apuntes, tenía que llegar al fondo de la cuestión pendiente. Y la cuestión pendiente era un cabello liso tintado de rosa anaranjado, cayendo un palmo más abajo de sus hombros. Una piel clara ligeramente rosada. Unos ojos castaños muy claros. Y unos labios menudos y bonitos, que además al sonreír hacían que unos hoyuelos aparecieran un poco más allá de sus comisuras. Y justo por encima una nariz fina, pequeña, decorada con un también pequeño piercing plateado, cual peca brillante en la parte izquierda. Por lo que me había fijado al principio era algo delgada y no muy alta, aunque tampoco bajita.

Tras averiguar el por qué no podía volver a concentrarme miré de nuevo los apuntes. Fruncí el ceño a propósito, para ver si engañaba al cerebro, pero no lo logré. Alcé la mirada de nuevo y me crucé con la suya. La idea de volverla a bajar rápidamente no me parecía la mejor opción para salir del atolladero, era delatarme. Podía sonreír como un gilipollas y quedarme así, o decir algo. El problema era que no se me ocurría nada más que decir que “hoy está esto a reventar” o alguna estupidez así. Mientras me debatía entre qué mal menor elegir y sentía la necesidad de que la tierra me tragara ella me sacó del berenjenal.

-Eres de historia, ¿verdad?

-Sí… Sí, ¿por? -ni con la suerte de que ella hablase primero salí bien de la situación.

-Unos amigos míos también, te he visto alguna vez por la facultad estando con ellos.

Yo no solía juntarme con nadie, iba muy a la mía como era costumbre ya en mi vida, así que creí que se había confundido de persona.

-¿Me has visto con ellos? Creo que igual te confundes de…

-No, ¡estando yo con ellos! -se rió un poco.

“Joder, voy de mal en peor” pensé. Debía calmarme.

-¡Ah! -forcé una sonrisa lo mejor que pude- Perdona, es que estoy con la cabeza no sé dónde -dije, haciendo un gesto con la mano hacia mis apuntes. Cogí el vaso de batido y dí un largo trago para pausar un poco la interacción y respirar-. Voy un poco de culo, por falta de tiempo no me despego de los apuntes ni para tomar algo. Igual me está afectando a la cabeza ya -volví a sonreír, esta vez más naturalmente.

-Tranquilo, nos pasa a todos -ella dio un sorbo a su café, y al dejarlo no quitó las manos de alrededor de la taza-. Y encima este frío… Te envidio.

-¿Me envidias? ¿Por qué?

Me miró de arriba abajo rápidamente, como señalando algo.

-Vas menos abrigado que la mayoría, quiere decir que no tienes tanto frío -dijo, y me mostró sus dientes blancos con una leve sonrisa-. Encima yo es que además soy muy friolera.

-Ah… Es que he vivido muchos años en el norte, en un pueblo de montaña. Supongo que me acostumbré a las bajas temperaturas.

-El hombre de hielo… -rió.

Me hizo reír un poco a mí también, porque tenía sentido, con lo frío que resultaba yo al trato, no porque quisiera, si no por falta de práctica.

La conversación siguió un poco más fluida después de eso, hasta que me tuve que ir a clase. Salí de la cafetería con el pulso acelerado. No se trataba de que yo no estuviera acostumbrado a tratar con gente del sexo opuesto, había tenido algún que otro ligue allá en el norte e incluso una relación, que de hecho me dejó un poco tocado durante un tiempo, aunque quizá no lo noté tanto por la ya de por sí deprimente existencia que entonces llevaba. Mi nerviosismo se debía más bien a la falta de costumbre de relacionarme con otra gente sobre todo de mi edad. Pero eso remitiría en cuanto engrasara mis habilidades sociales un poco. El problema siempre fue que aquello era en lo que más procrastinaba.

Durante ese mes coincidimos algunas veces y cogimos más confianza el uno con el otro, hasta que un día vi la oportunidad de sugerirle hacer algo tras los exámenes. Para mi sorpresa, ella parecía haber estado esperando que se lo dijera. Recuerdo cómo sonrió, cómo me miró y cómo dijo que sí, que le encantaría.

Y así, en febrero comenzamos a quedar juntos. El primer día al cine, el siguiente a comer en un mexicano, el tercero me propuso ir a una exposición fotográfica… Le encantaba la fotografía, era una de sus pasiones. Siempre me ha gustado ver a alguien disfrutando y dejándose llevar por aquello que realmente le apasiona, sea lo que sea, y al ser ella aún me gustaba más.

En un par de semanas llegó ese maldito día de San Valentín (nunca me ha gustado, siempre me ha parecido una estupidez, aunque aquella vez iba a ser uno de los mejores días de mi vida, si no el mejor hasta aquella fecha).

Yo sabía que tenía que proponerle algo especial ese día. En las citas anteriores había quedado patente que sentíamos algo el uno por el otro, pero no habíamos dado el paso. O más bien yo no lo había dado, porque ella no había dejado de intentar crear oportunidades. Lamenté no haberme comprado un coche (de segunda mano, obviamente) aún, aunque realmente nunca me hizo falta, pero ese día podría haberla llevado a dar una vuelta, fuera de la ciudad, a algún sitio con vistas bonitas de las montañas cercanas. Cenar en algún restaurante apartado, tan tranquilos, dar un paseo después… Pero no tenía tiempo para adquirir un coche, aunque era algo a tener en cuenta si empezaba una relación con ella, o eso pensaba yo, por eso poco después compré mi Opel Astra negro del 2003. Pero en aquel momento, a días del “gran día” no tenía esa opción, así que pensé que podríamos ir a algún sitio por la tarde y luego cenar en casa (por supuesto, dejaría medio preparada la cena, para no tener que demostrar mis nulas artes culinarias delante de ella).

Por supuesto, aceptó cuando le propuse todo eso, aunque tener la certeza de que aceptaría no hizo que me costara menos. Durante la tarde paseamos por el centro histórico, tomamos un batido yo y un bombón ella, nos merendamos una napolitana de chocolate cada uno mientras caminábamos por el paseo al lado del límite sur del río, mientras a nuestras espaldas el sol comenzaba a recortarse contra las azoteas de los rascacielos del distrito financiero. Hacía una tarde más propia de la segunda mitad de primavera que del final del invierno, aunque algo fresca igualmente. Cuando se alzó una brisa fría y ya comenzaba a menguar considerablemente la luz rojiza del atardecer cogimos el metro para ir a casa.

Después de enseñarle brevemente el piso encendí la tele y le di el mando a distancia. Le dije que se sentara en el sofá, que no tardaría mucho en preparar la cena. Se negó, quería ayudar. Tras una intensa media hora para mí, poniendo todo mi empeño en que ella no se fijara en lo patoso que era en la cocina (más tarde supe que se había dado cuenta pero lo disimuló a la perfección), cenamos. Milagrosamente nada estaba asqueroso, de hecho estaba todo muy aceptable, aunque Nuria dijo que delicioso, claro.

Decidimos ver una película después. En realidad yo lo propuse en medio de una conversación sobre cine y ella asintió. En ese momento empecé a pensar que el plan que se suponía que tenía que ser especial por la fecha me estaba quedando como una mierda pinchada en un palo. No lo entendía, recordaba lo creativo y detallista que había sido en el pasado, pero parecía que mi exilio interior desde aquellos tiempos había oxidado esas cualidades.

Como pasó la primera vez que hablamos, ella me sacó del lío. Nos pusimos a fregar los platos y cubiertos de la cena antes de volver al comedor. En mitad de la tarea ella, divertida, sin yo esperarlo me tocó suavemente la nariz, dejándome un montoncito de espuma del lavavajillas pegado. Rió. Y ya no hubo película.

A la mañana siguiente, tras un buen rato en nuestro paraíso personal en el que no existía nada más que nosotros, salimos de casa y fuimos juntos a la universidad, aunque yo no tuviese clase hasta dos horas después que ella. La acompañé hasta la puerta de la facultad de periodismo, me besó y me dijo que ya me estaba echando de menos, antes de entrar incluso. Sonreí, la volví a besar… Es curioso cómo el cerebro recuerda detalles tan simples y pequeños de momentos tan lejanos en el tiempo pero sin embargo a veces no recuerdas qué cenaste anoche. En fin, así fue pasando el tiempo. No recordaba haber experimentado algo así nunca. Por primera vez en mi vida sentía algo en mi interior tan nítido que podía explicarlo fácilmente: me sentía en casa. El sentimiento que me había faltado desde que de pequeño pasaba tiempo con mi abuelo, algo muy similar. Era abrirse tanto a alguien, sabiendo que no había nada que temer, que estaba ahí sin condiciones…

Comenzamos a crear nuestro propio mundo, nuestro idioma particular, jugábamos con las ideas que nos inspiraba nuestro futuro común. Podíamos hacer lo que quisiéramos juntos. Y teníamos toda la intención de hacerlo.

Los meses pasaron dejando recuerdos. De los mejores recuerdos de mi vida, para qué mentir. A veces pasábamos días juntos, ella se quedaba conmigo en casa y todo parecía perfecto. Cuando dispuse de coche, aprovechamos algunos fines de semana para coger carretera y perdernos en cualquier dirección. En verano no tuve que recluirme tanto como el año anterior, gracias en gran parte al empeño de Nuria por motivarme para estudiar duro, así que también lo disfrutamos a base de bien.

Al comienzo del curso siguiente, sin trabajo ya y obviamente sin becas, tuve que hablar con el casero para que accediese a poner un anuncio y buscar compañero de piso. Era de esperar que algo se torciese un poco, tras todos esos meses en las nubes.

Así conocí a Mario, un tipo de un par de años más que yo, con el físico de monitor de fitness (de hecho aspiraba a ello), el pelo oscuro rapado por los laterales y la nuca y como unos cuatro dedos de largo arriba. Los ojos marrones bajo unas cejas oscuras y espesas y esa mirada particular suya de tío con graduación en la universidad de la vida le daban el aspecto perfecto de típico chulo de gimnasio/discoteca.

Para mi sorpresa (y la vuestra, admitidlo hatajo de superficiales) no era tan como se podía pensar a primera vista. Con los días me di cuenta de que era buena gente, aunque a veces se le iba la olla un poco, demasiados vídeos de automotivación.

La vida siguió, aunque ahora Nuria se quedaba menos en casa, obviamente. También se asentó nuestra relación, nos tomábamos todo con más paciencia.

Justo antes de las vacaciones navideñas tuve que vender el coche. Había estado haciendo cálculos y si no conseguía un empleo en ese momento tendría la cosa bastante cruda aún pagando ahora la mitad del alquiler Mario. No me podía arriesgar. En ese momento me reprendí por haber comprado el coche en un principio, pero la verdad es que los momentos que fui capaz de vivir gracias a ello no tenían precio. Aun así empezaba a sentirme un poco frustrado. Las navidades las pasé recluido estudiando. Nuria venía en alguna ocasión a casa y cenábamos juntos. Me propuso salir en Nochevieja con sus amigos. Yo apenas había estado con su grupo de amistades algunas veces, no se podía considerar que tuviese mucho trato con ellos, pero acepté, me vendría bien desconectar.
No sé si fue mi estado de ánimo o qué, pero la notaba un poco distante. Cuando llegó fin de año y salimos no mejoró mi ánimo. Esa noche me fui antes, estaba cansado y no tenía ganas de seguir viendo como todos se divertían y bailaban. Ella bajó la mirada cuando le dije que quería irme a casa, estaba a punto de coger su bolso y su abrigo y la paré, diciéndole que se quedara y que disfrutara, que yo estaba cansado y me estaba durmiendo ya. Tuve que pedir la ayuda de una de sus amigas para convencerla, pero al final lo conseguimos. Alguien se ofreció a llevarme, pero decliné la oferta educadamente. Me fui andando, a pesar de estar a una hora de casa a pie. Necesitaba un paseo para pensar.

Hacía frío pero era bastante soportable con lo abrigado que iba. El paseo vino bien, pero el pensar tanto no. No llegaba a la razón exacta de por qué me sentía tan bajo de moral. En aquel momento no lo veía con claridad pero era una mezcla de todo. La situación económica que se me iba formando en el presente y peor, en el futuro; el haber perdido esa libertad que daba tener un vehículo propio…  Y luego estaba ella. La notaba algo extraña desde hacía días. “Tal vez sea culpa mía, por cómo estoy” me decía a mí mismo. Pero eso tampoco hacía que mejorase. Luego empecé a pensar en si había sido buena idea irme de la fiesta, en si no debería haber hecho un esfuerzo por disfrutar con ella y sus amigos, aunque no tuviera ganas. Todo eso me pasaba por la cabeza en bucle, una y otra vez, hasta que por fin llegué a casa. Ella me había enviado dos mensajes al móvil y ni me había enterado. Uno decía que no se quedaría mucho rato, que se iría con una amiga en media o una hora. El otro que le avisara cuando hubiese llegado a casa, así que le respondí que ya había llegado y que se lo pasara bien, que no se preocupase. Aunque en el fondo en aquel momento no sentía realmente lo que le decía. Sacudí la cabeza y fui a la cama a intentar dormirme.

El mes de enero con los exámenes a penas hice otra cosa que seguir estudiando, aunque poco se me quedaba en la cabeza. Ella parecía la de antes de nuevo y eso aligeraba un poco la carga, pero mi cerebro estaba en las últimas, y a consecuencia mis ánimos seguían grises como nubarrones. No nos vimos mucho ese mes, pero en cuanto acabó, dormí casi un día entero y me despejé un poco, noté que las nubes comenzaban a disiparse en mi interior. Se me ocurrió que fuésemos un día a ver un musical famoso que a ella le encantaba y hacían esas fechas en uno de los teatros más importantes de la ciudad, pero cuando se lo dije me enteré de que ya había comprado entradas para ir con una amiga.

-Pero no pasa nada, ven con nosotras -me dijo-. Es que no creía que te apeteciera esto…

Realmente no me interesaban mucho los musicales, pero me hacía ilusión ir con ella, volverla a ver disfrutar, regalarle un momento feliz para compensar los últimos dos meses y poco en los que estar conmigo habría resultado un auténtico tedio, como poco.

-Tranquila, no pasa nada, ve con ella. Si voy yo la pobre se sentirá una sujetavelas -fingí la mejor sonrisa que me salió. Vi una expresión de tristeza en sus ojos-. Ve. Podemos hacer algo juntos al día siguiente.

Ella asintió. De repente yo volvía a dudar.

Y entonces llegó el maldito mil veces día de San Valentín, en el que además cumplíamos un año. Planeé volver a llevarla a los lugares donde estuvimos el mismo día hacía un año, con la excepción de que esta vez la cena sería en un restaurante, y luego tenía entradas para un concierto acústico de una banda que le había oído escuchar varias veces y sabía que le gustaba mucho.

Estaba esperando en la plaza de la estatua del ángel, uno de los sitios que más me gustaban del centro histórico de la ciudad, cuando la vi llegar. Se me dibujó una sonrisa en la cara cuando por fin la tuve delante.
-Estás preciosa, Nuri… -me salió del alma después de darle un beso muy lento. Ella sonrió un poco.

-Gracias…

Fuimos a tomar algo, yo volví a pedir un batido de chocolate. Ella en lugar del acostumbrado bombón pidió un café irlandés.

-Vaya, vas fuerte… -obviamente, yo lo decía por el toque de whisky.

Ella dio un trago largo. Luego miró alrededor, frotándose las manos.

-Hace frío… -dijo, por toda respuesta.

Empecé a sentir que algo iba mal, muy mal.

Tras acabar el café ella y yo el batido, mientras teníamos una conversación bastante formal, fuimos a pasear junto al río. No quiso la napolitana de chocolate.

Al poco rato, que se me hizo eterno porque yo intentaba sacar algún tema de conversación pero ella no parecía querer seguirlos, la cogí de la mano. No sé muy bien por qué lo hice, quizá fue un intento desesperado para romper ese hielo que parecía apoderarse de ella y que yo en realidad ya comprendía lo que significaba. Cogerla de la mano fue como un grito desesperado pero mudo.

Ella se soltó. Se dio la vuelta un momento, dándome la espalda y mirando hacia el río.

-Vale, ¿qué pasa? -me resigné a preguntar por fin, aunque en el fondo ya sabía qué pasaba. Mi corazón había comenzado a bombear la sangre más rápido hacía rato, como anticipándose al desastre, pero ahora la velocidad de los latidos era exagerada ya.

Fue hacia la barandilla que daba al río. Parecía que quería esquivarme a toda costa.

-Nu… -me cortó. Fue mejor así, porque la segunda sílaba la habría pronunciado con la voz un poco más rota.

-Fabio… -se giró por fin hacia mí, aunque no pudo sostenerme la mirada y la bajó. Yo seguí mirándola-. No sé cómo decirlo… No quiero… No… No mereces esto…

Solté un suspiro eterno y miré hacia un lado y hacia el otro, luego hacia el cielo.

-Lo siento… -dijo, con la voz ya muy temblorosa. Yo mantuve la mirada hacia las nubes.

Seguí así probablemente más de un minuto, y comencé a oír sus sollozos.

-Por favor dime algo…

Bajé de golpe la mirada hacia ella.

-¿Yo?¿Qué se supone que tengo que decirte yo?

Ella agachó la cabeza, y pude ver caer un par de lágrimas antes de que se frotara con el dorso de la mano para secarse. Una parte de mí muy grande me gritaba que la abrazase con todas mis fuerzas, pero otra, pequeña pero que había nacido y estaba decidida a quedarse y crecer, me lo impedía.

-Lo siento… -volvió a repetir.

Yo aparté finalmente la vista de ella.

-¿Por qué? -pregunté. Necesitaba saberlo con toda exactitud.

-No lo sé… No sé por qué. Hace un tiempo que no me siento igual… Y no sé por qué y me duele muchísimo…-ahora lloraba abiertamente.

-Puedo entenderlo, no he sido… Estos últimos meses he estado…

Ella negó con la cabeza.

-No, no es… No ha sido nada de eso, yo… No sé, pero tú no tienes culpa, eres una persona increíble…

Una brisa fría comenzó a soplar, exactamente como hacía un año, sólo que esta vez era como una hora y media más pronto por la tarde.
Me quedé callado, con la mirada perdida.

De pronto vino hacia mí y me abrazó. Me abrazó como si temiera que yo fuese a desaparecer, o como si quisiera quedarse con ese abrazo como recuerdo. Yo no pude devolvérselo, me quedé ahí plantado mientras ella me apretaba entre sus brazos y presionaba su cabeza contra mi pecho.

Al cabo de unos momentos me soltó.

-¿Estás bien? -preguntó.

Solté un resoplido, como si fuera un cuarto de carcajada sarcástica.

-No -dije, con la mirada perdida por encima de su hombro. Debió de ver cómo me caían las lágrimas desde los ojos abiertos e inmutables.

Volvió a hacer ademán de abrazarme, pero me aparté un poco.

-Déjalo, no pasa nada…

Ella agachó de nuevo la cabeza.

-Jamás he querido hacerte daño, no quiero…-sorbió con la nariz.

-Entonces dame una oportunidad.

-No… No es así de sencillo… Ojalá no hubiese dejado de sentir lo que sentía, daría lo que fuera.

Yo asentí varias veces sin mirarla, más en mi propio mundo interior ya.

-Lo siento… Lo siento muchísimo Fabio, ni te imaginas cuanto… No puedo… He de irme.

Y se fue por donde habíamos venido juntos. Yo la miré un momento mientras lo hacía, medio corriendo. Me quedé así hasta que la perdí de vista. Luego me giré y seguí andando por donde se suponía que deberíamos haber seguido ambos, cogidos de la mano.

Alargué ese paseo durante varias horas, quizá cinco, o seis, o siete... Recuerdo que bajé por el curso del río Luna hasta la desembocadura, pasando el puente del este y llegando a la playa cuando ya hacía como mínimo un par de horas que era noche cerrada. No quería volver a casa, ahí estaba cuando aún no había ocurrido eso, cuando aún estaba en mi paraíso personal de saber que ella estaba conmigo. Demasiados recuerdos además.

Me puse a caminar por la arena, recordando alguna de las veces que lo había hecho junto a ella. Todos los recuerdos parecían querer venir de golpe, como un torrente de agua, como una jauría de lobos a intentar comerse lo que quedaba de mí. Rememoré el momento justo de la ruptura, cada frase suya, como intentando encontrar una grieta por la que asomara la luz de la esperanza. “Debería haberle devuelto el abrazo, quizás…” me decía a mí mismo.

Al cabo de un rato escuchando de fondo las olas llegar mansamente a la orilla, mientras todos esos pensamientos me retumbaban en la cabeza, decidí ir a buscar un autobús para volver a casa. No me quedaba más remedio.

https://youtu.be/iAP9AF6DCu4

jueves, 2 de mayo de 2019

Levantia, capítulo 1.

Sus ojos me observaban fijamente. La oscuridad opaca que solía extenderse desde sus pupilas al resto del iris, dejándolos desalmados, sin prácticamente expresión de emoción alguna, ahora se reducía a un punto muy pequeño e intenso, rodeado de llamas incandescentes de agresivos tonos naranjas y amarillos muy vivos. Su nariz estaba arrugada, como la de una tigresa defendiendo a sus crías a vida o muerte. Y sus colmillos… Tan amenazadores, tan cercanos…


Había esperado aquel momento durante mucho tiempo, pero no me lo había imaginado así.

Yo estaba al borde del precipicio. Ella exhibía su peligrosa dentadura a escasos centímetros de mi cara, aunque su aliento no me calentaba la nariz, más bien la congelaba. Me tenía cogido del cuello con ambas manos. Sabía que no podía hacer nada para evitar lo que estaba a punto de ocurrir.

Tras ella alcancé a ver el grotesco espectáculo que ofrecían los pedazos de cuerpo sin vida de los seis cazadores que habían irrumpido en nuestra reunión, esparcidos irregularmente por todo el suelo, que debía de estar muy resbaladizo por la cantidad de sangre y vísceras que lo cubrían. Probablemente al día siguiente los medios estallarían con la noticia de una terrible matanza en la azotea de un hotel más o menos céntrico de una gran ciudad, una carnicería demencial, sin precedentes, que pondría de manifiesto el lugar tan terrible y peligroso en el que se había convertido el mundo y del que tanto les gustaba hablar cada día, pasando por alto las buenas noticias que al mismo tiempo también sucedían.

Lo cierto es que si querían que cundiera el pánico a nivel global, tan solo tendrían que haber escuchado mi historia.

Sentí una fuerte presión en la garganta, pero no oí ningún chasquido, ni me quedé inconsciente. En su lugar, la presión volvió a disminuir, noté cómo el frío tacto de su piel abandonaba mi garganta y simplemente floté. Durante una centésima de segundo al menos, justo antes de precipitarme al vacío.

Vi sus ojos un instante más, luego su boca, su cuello, su pecho… Así hasta llegar a sus pies. Luego la fachada frontal del edificio comenzó a ascender ante mí, a mayor velocidad con cada segundo que pasaba. En algún momento, por inercia, mi cuerpo cambió de posición y mi campo visual varió; por encima de mí, el cielo ya estaba completamente oscuro. Aún alcancé a ver cómo ella se giraba para desaparecer tras el borde de la azotea, cada vez más lejana. Ni pensé en lo que se me acercaba a toda velocidad por la espalda, para qué preocuparse si ya no había solución.
Con la de miseria que había pasado para volver a estar delante de ella y ahora se alejaba de nuevo. O más bien me alejaba yo. Para siempre, esta vez de verdad.


Porque ya hubo una vez en la que creí haber muerto. Fue una falsa alarma…





I


Nunca fui muy popular.

Bueno, decirlo así me suena totalmente a eufemismo. En realidad no era nadie. Ahora sé que como casi cualquier persona en el mundo, pero en aquel entonces me parecía algo destacable, más para mal que para bien; aún no había descubierto las virtudes de pasar totalmente desapercibido, sobre todo cuando más se necesita. Aunque por otro lado nunca llamaba la atención, siempre me mantenía al margen de todo lo que sucedía a mi alrededor, procurando que nadie notara demasiado mi presencia. Supongo que era el típico niño, más tarde adolescente, que se martirizaba con sus propias contradicciones. Quería que alguien alguna vez se diese cuenta de que existía y al mismo tiempo no, a veces por timidez, otras por miedo, otras por pereza… En definitiva, no tenía nada que me diferenciase demasiado de cualquier otro niño estúpido.

En el colegio solía esconderme en un rincón del patio durante los recreos, me comía mi almuerzo en silencio (cuando tenía ganas de comérmelo), y esperaba que a nadie se le ocurriera fijarse en mi, porque las pocas veces que sucedía acababa golpeado por el típico abusón, respaldado por su cohorte de idiotas sin personalidad propia que le reían constantemente las gracias, si es que se podían llamar así, o avergonzado ante los demás niños por parte del otro típico abusón, más listo, menos violento físicamente, pero ni el diez por ciento de honesto que el que pegaba.

Tampoco era que en casa pudiera desconectar demasiado. Vivía solo con mi madre; mis padres se separaron cuando yo tenía cinco años. Mi padre es italiano, regresó a su tierra y no volví a saber nada de él hasta que lo vi de nuevo, diez años después. Por supuesto, yo creía que él me había abandonado, era lo que mi madre decía y yo no tenía ningún motivo para no creer en su palabra. Tan solo era un crío inocente.  

No tengo grandes recuerdos de esa época de mi vida, salvo la insufrible rutina y la sensación de estar continuamente perseguido para ser ridiculizado o agredido.
Bueno, en realidad… Sí hubo algún momento que recuerdo con cierto cariño. Mi abuelo materno, Gabriel, me visitaba alguna vez; aunque mi madre no hablaba de él nunca. Yo no entendía el por qué siendo hija y padre se comportaban como dos completos desconocidos. Aunque conforme fui creciendo confirmé mi hipótesis: mi madre era una persona insoportable, simple y llanamente.
El caso es que mi abuelo nunca pisó nuestra casa, pero siempre encontraba una forma de pasar algún rato conmigo, no tan regularmente como me hubiera gustado, pero esos momentos supusieron en más de una ocasión una inesperada boya a la que sujetarme cuando estaba apunto de ahogarme. Siempre le estaré agradecido por ello, esté donde esté…


Con doce años nos fuimos al norte del país, a una pequeña ciudad del interior, casi a setecientos kilómetros de nuestro anterior hogar. No volví a ver a mi abuelo. Mi madre había conseguido el trabajo de su vida allí, al parecer. Nunca lo creí, seguía pareciendo tan asqueada como siempre. Y otra vez más, conforme crecí averigüé la verdad: no podíamos mantenernos en nuestra casa de siempre, en la gran ciudad, eso por un lado. Por otro, yo creía que mi madre no podía soportar que cada vez pasase más tiempo con mi abuelo (el poco que podía, en realidad. Mi abuelo viajaba bastante, pero no por obligación, le encantaba coleccionar todo tipo de chismes antiguos de cualquier parte del mundo; un hobby como cualquier otro, supongo).

El cambio de aires, en un principio aterrador y triste para mí, pareció traer un clima más favorable. Exactamente eso, pareció.

De repente la gente a mi alrededor no sentía el más mínimo interés por mí y eso me hizo disfrutar de cierto tiempo de tranquilidad. Todo seguía siendo una rutina aburrida y desalentadora, pero al menos el estado de alerta  que siempre sentía había desaparecido en mayor medida. Aquí mi táctica de pasar desapercibido funcionó muchísimo mejor. Pero claro, eso me convirtió en el rarito marginado. ¿Había mejorado mi situación? Cualquiera diría que sí, aunque a esa edad cargar con ese estereotipo quizá no fuese un gran avance, como descubrí con el paso del tiempo. Es decir, cuando era un niño siempre estaban los típicos que me amargaban la existencia, pero también el amiguito o amiguita de turno de buen corazón, con el que jugabas de vez en cuando y escapabas un poco de lo malo.
Ahora nadie me amargaba la existencia activamente, pero tampoco se molestaban lo más mínimo en intentar conocerme. Aunque incluso entonces acabó por haber cosas buenas.
Entablé una relación de… Iba a decir amistad, pero viéndolo ahora es más acertado compañerismo. Dos chavales, César y Loren, más sociables que yo, amigos entre ellos ya, me acogieron como tercer componente de su pequeño grupo de renegados de la adolescencia.

Cuando los demás se reunían en grupos más grandes y se sentaban en los bancos a almorzar, fumar, magrearse con sus parejas delante de los demás, llenarlo todo de envoltorios de chicles, bollos y demás porquería, nosotros deambulábamos por los pasillos hablando sobre videojuegos, fútbol, qué haríamos en caso de un inminente apocalipsis zombie… Y también, por qué no decirlo, sobre lo bien que le quedaban los vaqueros ajustados a Sofía, el top que aquel día llevaba Vanesa, o las miradas que creíamos que nos había lanzado Lucía…

Nuestra relación no traspasó los muros del instituto, supongo que fue la costumbre, yo nunca logré abrirme como ellos se abrían y con el tiempo fuimos quedando menos veces, hasta que simplemente volvimos a ser meros conocidos.

A todo esto, mi padre volvió con mi madre al par de años de habernos instalado allí.
Sentí vértigo al enfrentarme a esa nueva situación. En parte era lo que siempre había deseado, pero ahora que sabía lo insoportable que era mi madre lo deseaba más aún. Quizá mi padre, del que yo no recordaba apenas nada, fuese la nueva boya. O quizá mi madre de repente se convirtiera en una mejor persona…

Ni lo uno ni lo otro.

Mi padre era un gilipollas integral, me bastaron unas semanas para darme cuenta. Aunque sentía algo de compasión por él. En resumen, era gilipollas sí, pero además una persona con muy poca autoestima. Entendí enseguida el por qué se largó cuando yo era niño. No pudo soportar a mi madre más tiempo, y en lugar de afrontar el problema se escabulló, sin importarle nada más. Porque que no hubiera contactado conmigo ni una sola vez desde aquél día no se debía a ningún tipo de impedimento por parte de mi madre. Otra de las verdades que conocí a medida que pasaba el tiempo.

Ahora intentaba recuperar el tiempo perdido claro, pero al conocerlo mejor se me quitaron todas las ganas a mí. Y él lo hacía de pena, la verdad. Sí, ya, era mi padre… Pero, ¿qué significaba esa palabra cuando no había llegado a conocerlo realmente antes de que desapareciera?¿Cuándo jamás se hizo cargo de mí de niño, de ninguna manera? Tampoco era que a esas alturas yo tuviera ganas aún de culpar a nadie, ya me daba lo mismo. Simplemente era una persona que realmente acababa de aparecer en mi vida y no me caía bien. No quería tener ninguna relación con él, ni buena ni mala. En eso al menos le tocaba mejor parte que a mi madre, a quien quería perder de vista lo antes posible, porque ella sí había estado todos esos años… Pero eso tampoco significa nada de la manera en la que estuvo. Al menos emocionalmente.

Los años tras la vuelta de mi padre transcurrieron en un constante estado de “quiero estar en cualquier lugar menos en casa”. Casi ni me enteré de en qué momento empezaron a discutir con más énfasis de lo normal y a tratarse de maneras totalmente vejatorias el uno al otro.

Al cumplir los dieciocho ya estaba más que harto de todo aquello. Parecía que había estado esperando aquel momento durante años. Al fin podía largarme sin problema alguno. O eso había creído siempre. La realidad era que no tenía ni un duro para hacerlo con la mínima garantía de llevarlo a cabo sin acabar tirado en una cuneta. Alguna vez pensé “oye, al menos en la cuneta seré libre”, pero al rato, o en un par de días, esa idea abandonaba mi mente. La libertad, sin posibilidades, no es verdadera libertad. No quería seguir estudiando, lo que quería era tener algo de dinero inmediatamente para largarme lo antes posible, así que no me matriculé en la universidad.

Pasó un año. Trabajé de camarero. Duré poco. Luego en los almacenes de un supermercado en un pueblo cercano. Me planteé el alquilar algún pequeño estudio para vivir allí mientras trabajase y así huir de casa. Pero al final sería un gasto que me haría tardar más en ahorrar la cantidad suficiente de dinero como para irme definitivamente. Tras un año, me despidieron y un par de meses después me contrataron como dependiente de una tienda de ropa no muy lejos de donde vivía. Pero cada vez iba perdiendo más la esperanza de irme de allí en algún momento cercano. A medida que creces todo lo que parecía sencillo se complica, y en ese momento ya era totalmente consciente del dinero que me haría falta en realidad para dejarlo todo atrás sin que tuviese que volver nunca. Con esos sueldos de contratos de aprendizaje (de los que apenas un tercio iba a mi propio bolsillo, el resto a casa) me harían falta años, los suficientes como para hacerme perder cualquier atisbo de esperanza y sumirme en un periodo de… Depresión supongo.

Tras un tiempo así, pensé matricularme en la universidad, al fin y al cabo, no iba a ir a ninguna parte. Pero no tenía ganas. Ya no tenía ganas de nada.

Parecía el fin. Iba a tener que aceptar que mi mierda de vida sería la misma para siempre, o al menos durante muchos años, y que tendría que desempeñar trabajos que no quería y estar en el sitio que no aguantaba, con la gente con la que no quería estar ni un minuto más.

Y así me resigné.

Pero al fin, un tiempo después llegó la oportunidad de oro, que ya había pasado de estar en mi mente catalogada como un objetivo, a estarlo como un sueño. Aunque me iba a costar unos últimos malos ratos con esa gente a la que ya no aguantaba más…

Resultó que descubrí que mi abuelo me había dejado herencia. A mí. De hecho, la mayor parte de lo que dejó lo había dejado para mí. Me enteré fortuitamente, al escuchar ciertos detalles en una de las fuertes discusiones entre mis estimados progenitores. Me lo habían escondido, claro. Supongo que podía haberlo denunciado directamente, pero con tal de no llegar a ese punto de tensión, decidí dialogar. Fue una mala elección. Los gritos e improperios pasaron a centrarse en mi persona, así que aguanté el tipo allí plantado, mientras la tormenta de mierda que salía por la boca de aquella mujer a la que ya ni quería seguir llamando madre me calaba hasta los huesos. Cuando acabó, se quedó mirándome y me dijo si no tenía nada que decir. Como si fuese yo el que le había robado a ella. Sólo dije una cosa: que iba a denunciarla.

Bastó decir eso para que al final no hiciese falta llegar a ello. En gran parte porque resultó que yo no era una persona tan despreciable como ella, y cedí a que me devolviera lo poco que quedaba de esa herencia, sin reclamar el resto. Simplemente porque tan solo con aquella cantidad de dinero podía arriesgarme, podía ejecutar el plan que soñaba desde hacía tiempo con llevar a cabo. E incluso podía permitirme arriesgar un poco más si me sentía lo suficientemente osado. Podía irme de allí, volver a la ciudad donde pasé los primeros años de mi vida, en la que tenía los mejores recuerdos de mi infancia junto aquel hombre gracias al que ahora podría permitirme mi libertad. E incluso era posible matricularme en la universidad. Y tendría margen de tiempo suficiente como para encontrar algún trabajo a tiempo parcial que me permitiera mantenerme desde ahí, por no mencionar posibles becas, aunque eso quizá era demasiado suponer con los tiempos que corrían (y siguen corriendo…). De cualquier modo, podía irme al fin, sin problema. Así que acepté ese trato y ya me olvidé de líos legales y de todo el tiempo que perdería con ellos, por no mencionar la cordura.

Y así fue como aquella gente a la que yo había asociado esa sensación claustrofóbica y desalentadora en mi vida quedó atrás, en una orilla a la que yo tenía claro que no iba a volver. Jamás.

En cosa de apenas unas pocas semanas (que tuve que aguantar incómodamente conviviendo aún con ellos, aunque sin mediar palabra), había encontrado un pequeño piso de alquiler. Podía permitirme pagarlo solo de momento, con un margen de tiempo muy razonable para empezar a recuperar algo de dinero de lo que iba a perder tanto pagándolo, como afrontando la matrícula de la universidad, y todos los gastos adicionales que había previsto.

El día en que tenía que coger el tren para irme de allí, no sólo del lugar si no de esa vida, me digné a soltar un adiós delante de aquellas dos personas que parecía que habían nacido para destrozarse entre ellas y destruir cualquier cosa que se cruzara en medio. No me dirigieron la palabra. Quizá en un último intento por hundirme, como queriendo agujerear el casco del barco en el que yo zarpaba ese mismo momento de sus vidas.

¿Qué queréis que os diga? Dolió. Sólo un momento. En el preciso instante en que salí de la casa, metí mi equipaje en el maletero del taxi que me llevaría a la estación, subí a él,  y vi como aquel lugar quedaba atrás, el dolor comenzó a remitir. Al ponerse en marcha el tren, salir de la estación y ver cómo el paisaje nublado y gris iba desapareciendo por la ventana a medida que avanzábamos ya no quedaba nada. No sé cómo describir esa sensación, sólo puedo deciros que es de las mejores que he experimentado en mi vida, probablemente esté entre las tres primeras. Y eso es mucho decir… Ya sé que no parece gran cosa que diga eso, dado a la decrépita mierda aburrida que fue mi pasado, no hace falta mucho para mejorar eso, pero a partir de ahí he vivido momentos buenísimos, algunas cosas que la mayoría nunca tendrán el placer de sentir… Y otras que ninguno querría ni presenciar en la peor de sus pesadillas, eso también…

Sorprendentemente, el trayecto en tren de alrededor de nueve horas no se me hizo tan largo, supongo que estaba como loco por las expectativas y comenzaba a ver películas en mi mente sobre cómo sería mi vida a partir de ese momento. Cuando me quise dar cuenta estaba de pie en la salida de la estación Sur de Levantia, la gran ciudad bañada por el mediterráneo y mi verdadero hogar, buscando un taxi que me llevara al hotel en el que iba a pasar aquella noche. Al día siguiente firmaría el contrato de alquiler del piso y por fin dormiría en mi nuevo hogar. Pero por el momento me paré un instante allí fuera. Era por la tarde, rondando las seis y media. Respiré hondo y miré a mi alrededor. Olía a vida nueva (y a contaminación, claro, la ciudad era enorme y había mucho tráfico), aunque de algún modo era como volver a casa. El único lugar en el que había vivido que realmente había considerado un hogar estaba en esta ciudad. Hacía muchísimo de eso, pero en aquel momento comencé a recordar la sensación. Claro que ahora no podía esperar que mi abuelo viniese para llevarme a los columpios del parque y a merendar…

Antes de que la cosa se pusiera más melancólica en mi mente, fui directo a uno de los taxis que acababa de parar a unos cuantos metros.
El hotel estaba a 10 minutos en coche de la estación, así que tampoco me dio tiempo a pensar mucho durante el trayecto. Al entrar en mi habitación del hotel y cerrar la puerta me quedé apoyado en ella, mirando al vacío. Recuerdo aquel justo momento. Se me humedecieron rápidamente los ojos y dos lágrimas comenzaron a brotar de mis párpados, una por la mejilla derecha y la otra del lado contrario, a destiempo. No sabía por qué, aunque pronto me di cuenta: me sentía solo. Era una sensación extraña. Realmente siempre había creído estar solo, estando con gente que me asqueaba y me amargaba la existencia, pero siempre tuve el convencimiento de que aquella sensación acabaría en el momento que me separara de ellos. Pero entonces, ¿por qué ahora me sorprendía sintiendo aquello?
Me sequé las lágrimas con las manos y sacudí la cabeza. Fui al baño y me lavé un poco la cara con agua fresca. Me quedé mirándome al espejo, mis ojos azules me devolvían la mirada, sin entender. Me pasé las manos mojadas por el pelo castaño hacia atrás, humedeciéndolo, y me dí una palmada en la cara. «Ha pasado todo muy rápido, habrá sido por eso» me dije, quitándole importancia. Volví al dormitorio y me eché en la cama tras dejar la maleta a un lado.